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sábado, 19 de septiembre de 2015

Mi fortaleza.

¿Qué queda cuando dentro ya no queda nada?
Solo unas ganas desgarradoras de echar cadenas en las puertas
y lanzar la llave al río.

¿Qué me queda hoy que no siento nada?
Vacío.

Encerrarme a oscuras con mi dolor
y discutir a ciegas,
¿por qué aún vive en mí,
 y por qué me destruyó?

Convertirme en rehén de la soledad.
Aislarme y correr a esconderme
en la lástima que yo misma me inspiro.

Y quedarme viviendo aquí dentro,
porque con cada derrota,
poco a poco me fui construyendo un castillo.

Camino por los pasillos arrastrando las penas.
Saludando unos a uno los fantasmas del recuerdo.

Y me permito reírme,
porque el pasado no existe.
Pero revive cada vez que cierro los ojos,
gritando que aún es su turno de reírse.

No espero un caballero que venga a batirse
con el dragón que me atromenta.
Las armas para hacerlo las tenía yo,
y preferí esconderlas.

Porque patético o no,
hoy prefiero mil veces,
quedarme recluida en mi fortaleza.



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