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sábado, 3 de enero de 2015

Serendipia

Casi siempre coincidíamos en el café, no en el de la esquina que tenía música alta, conexión wi-fi y el ruido constante de la charla colectiva. No en ese café. Íbamos a aquel café oscuro, ajeno a la tecnología, donde a un volumen casi imperceptible sonaban esas canciones de la época en la que mis abuelos decidieron enamorarse.

Por eso iba a ese café, en el que las únicas conversaciones eran para pedir lo que querías tomar o pagar la cuenta. Iba para olvidarme de mi y mis circunstancias, sumergirme en la tibieza dulce del café y flotar en las notas y letras de las canciones.

Así era hasta ese primer día que lo vi. Ya ni siquiera recuerdo los temas de nuestra primera conversación, sólo sé que fueron muchos, saltamos de uno a otro, hablando por horas. Haciéndome olvidar que era hora de irme y que debía estar en otro lugar.

Fue una conexión poderosa e instantánea y la encontré sin esperarla ni buscarla.

No hay una etiqueta en la que encajaramos a la perfección, eramos más que amigos pero no eramos nada más. Todo y nada. Nunca concertamos una cita, solo nos encontrábamos. Nunca hablamos de sentimientos, aunque yo los tenía y sabía que él también. Y pienso que era mejor así, desde que ponemos ataduras surge el deseo de escapar.

Eramos sólo dos, que abrían su mente al otro, contándose sus problemas, miedos y secretos, inconfesables al resto del mundo. Comunicándonos a veces con el roce furtivo de una mano o con miradas que iban cargándose peligrosamente de deseo. Siempre con el miedo de dar un paso en falso y arruinarlo todo.

Existió siempre entre nosotros el acuerdo implícito de mantener la situación así, que la magia se limitara a existir dentro de las cuatro paredes del café.

Dos islas separadas por el inmenso mar de una vieja mesa. Sin más expectativas que esos días en los que la similitud de nuestros horarios nos reunía, haciéndonos coincidir.

Fue después de meses sin verlo que comprendí que quizá no volvería...

Nuestro deseo de mantener todo simple nos frenó siempre de intercambiar teléfonos. Al final eso era lo que nos gustaba, la serendipia, esa sorpresa de encontrarnos sin esperarnos, de coincidir en los días que más nos necesitábamos.

Era mi escape de lo cotidiano y aburrido de mi existencia.

Me bastaba  me llenaba, pero justo ahora yo quería algo más y se había ido. Y con un nombre sin apellido es poco lo que se puede encontrar.

Sigo viviendo al café, perdiéndome como siempre en la música, con la única diferencia de que ahora las tazas se enfrían en mis manos, esperando que me sorprenda entrando por la puerta una vez más.

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